SE LES ABRIERON LOS OJOS
Y LO RECONOCIERON!
Lc 24, 31
Queridos
hermanos:
¡La
presencia de Jesús resucitado y glorioso esté con todos ustedes!
Este
año nuestra Orden celebrará el Consejo Plenario en Nairobi, poniendo en el centro
de nuestra reflexión el tema de la Escucha como condición de posibilidad para interpretar
creativamente lo que el Señor dice en su Palabra, en los acontecimientos diarios
y en la vida de cada uno de los hermanos. He pensado que esta carta pascual debe
estar en sintonía con este argumento, sacando de la fuente inagotable de la Palabra
algunos textos bíblicos paradigmáticos que puedan ayudarnos a comprender mejor el
misterio de la resurrección de Cristo y sobre todo el efecto que tiene un acontecimiento
de tal magnitud en la vida de todo creyente.
La
Cuaresma nos ha ofrecido claves de interpretación muy importantes en nuestro itinerario
hacia la Pascua. Cada domingo hemos escuchado algunos pasajes que nos demuestran
el compromiso de Dios al ofrecer el don de la salvación a un pueblo que la misma
Escritura define como de dura cerviz. En el segundo domingo de Cuaresma, especialmente,
la liturgia nos ha ofrecido el trozo neotestamentario de la Transfiguración del
Señor que quiere ser sin más un preludio del esplendor de la gloria que el Hijo
vivirá y que hará vivir a todos los que creen en él. Esta condición de gloria sin
embargo no será posible sin antes tener que enfrentar una de las pruebas más insidiosas
y desgarradoras, la muerte. Enfoco la mirada en primer lugar sobre este pasaje porque
en él se evidencia claramente una situación de perplejidad, confusión y aturdimiento
de los tres discípulos que Jesús había tomado consigo. Pedro en primer lugar, desea
un estado de bienestar que contrasta con la frase que Jesús había pronunciado precedentemente.
El que quiera salvar su propia vida, la perderá;
pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8,35).
La
versión del evangelista Marcos subraya el desaliento y la confusión que experimentaron
los discípulos después de haber recibido el anuncio de la pasión y muerte de Jesús.
Esta perplejidad se parece a la que experimentan los discípulos de Emaús, los cuales
pensaban que habían entendido lo sucedido en Jerusalén, pero a los que Jesús califica
como tontos y lentos de corazón (Cf. Lc 24,25). La escena de la transfiguración
pone un especial acento en el acto de “escuchar”. Cuando Jesús se transfigura ante
ellos una voz proveniente de la nube dice: Este
es mi Hijo, escúchenlo (Mc 9,7); un
imperativo muy útil para reafirmar la idea de que el poder de la muerte y el suplicio
de la cruz no pueden vencer la eficacia de la tarea mesiánica y salvadora, pero
que tal sacrificio se convertirá en una bandera de la victoria que proclama la derrota
de la muerte (Cf. ICo 15,55). Escuchar
aquí significaría optar como optó Jesús, aceptar el estilo propuesto por él, andar
detrás de él (Cf. Mc 8,34). Por un camino
que inicialmente no es glorioso ni lleno de estímulos, pero que llevará a cada persona
a la plenitud de la vida, a una vida verdadera en el amor, en la paz y en la comunión
con todos.
Un
segundo texto que quiero considerar, también en clave de escucha, es la narración
pospascual del encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús (Cf. Lc 24,13-35). Un texto fascinante, escrito
con una notable habilidad, compuesto para ser una enseñanza sobre el camino de los
discípulos que aprenden a reconocer al Señor resucitado.
Los
textos evangélicos que narran los encuentros con el Resucitado son varios y diversos
en las formas, en las modalidades, en el estilo, pero concuerdan en subrayar que no
fue tan fácil, ni siquiera para los discípulos que habían vivido con Jesús, reconocer
al Resucitado. Los evangelistas coinciden sobre el hecho de que cuando los discípulos
se encontraban con Jesús resucitado dudaban y no estaban convencidos de quién fuera
porque no lo veían como lo habían visto pocos días antes, en su experiencia histórica,
en la carne de su humanidad, por lo cual se confirma que el resucitado es exactamente
el mismo, pero que es completamente distinto.
El
evangelista Lucas se enfoca en la idea de que no basta ver a Jesús para creer en
el Resucitado. Es necesario hacer un camino inteligente de comprensión de las Escrituras
para llegar, acompañados de Jesús mismo, a un reconocimiento cierto de su presencia.
En otras palabras, es la mediación de las Escrituras y la aplicación de éstas a
Jesús lo que hace despertar en la comunidad creyente una convicción de la verdad
de la Resurrección.
La
fe pascual no es sólo fruto del ver con los ojos sino de repensar las Escrituras
observando su cumplimiento en la persona del Resucitado. He aquí por qué la visión
por sí sola no es suficiente: no es la aparición lo que persuade sino la explicación
de la Escritura y el itinerario de crecimiento que se hace hacia una madurez en
la fe. El mismo Pablo afirma en la carta a los Romanos: ¿cómo invocarán a aquel
en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?;
¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? (Rm 10,14). Lucas ambienta el episodio en una tarde mientras el sol está
ocultándose. Los discípulos se dirigen a Emaús por un camino en descenso, es un
camino de retorno a casa, marcado por la tristeza y por el deseo de replegarse hacia
un ambiente privado, caracterizado por el fracaso y por la desilusión. Retornan
porque sienten que se han equivocado, que han perdido el tiempo en su vida. Habían
seguido a un personaje, a Jesús, esperando que fuera él quien salvara a Israel,
y en cambio todo ha acabado trágicamente. En algún momento se une Jesús y camina
con ellos. Los dos discípulos que debían conocer muy bien a Jesús porque habían
estado con él por un buen período de tiempo, ahora no son capaces de reconocerlo.
¿Por
cuál motivo?
Después
de este acercamiento físico del Resucitado hacia los discípulos, toma también la
iniciativa de preguntar ¿qué son esos discursos?
(Lc 24,16). Jesús muestra una actitud
educativa y hace una pregunta retórica para hacerlos expresar e involucrarlos. No
se manifiesta de inmediato porque el reconocimiento del Resucitado exige un camino.
Parafraseando la pregunta Jesús está diciendo: ¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué
es lo que los preocupa? A la pregunta hecha por Jesús sigue una larga respuesta
de parte de estos dos discípulos cargada de presunción y del deseo de querer enseñar
algo: prácticamente es la transmisión oral del fracaso que están experimentando
en aquel preciso momento. He ahí por qué no lo reconocen, están convencidos de saber
más que aquel forastero con quien acaban de encontrarse.
Un
detalle que conviene notar se encuentra en el hecho de que el evangelista ha puesto
en escena dos discípulos pero sólo da el nombre de uno, Cleofás. ¿Quién podrá haber
sido el otro? Considerando la naturaleza propia de las narraciones bíblicas desde
el punto de vista narrativo, el narrador deja un espacio para que el lector se
sienta involucrado y ocupe también un lugar dentro de la narración. El otro discípulo
soy yo, eres tú, es todo creyente que recibe este anuncio. Habría otros detalles
que se podrían subrayar en estos textos, pero tratando de mirarlos integralmente
quisiera más bien plantear una pregunta. ¿Nosotros, los hermanos de este tiempo,
estamos convencidos de reconocer a la persona del Resucitado que camina también
con nosotros?
Durante
las visitas que he tenido el privilegio de realizar en algunas Entidades de nuestra
Orden, he podido constatar que una gran mayoría de hermanos y hermanas saben dar
testimonio de la resurrección del Señor con su propia vida; sin embargo, también
he constatado que en ciertos lugares existen “rumores” externos o inclusive internos,
que obstaculizan la intención de ponerse a la escucha del Señor e impiden emprender
un camino de profundo discernimiento semejante al que vivieron los dos discípulos
de la narración, después de haber vivido junto con Jesús un momento eucarístico
sublime y de salvación.
Me
parece que estamos expuestos a un doble riesgo que alcanzo a vislumbrar en las narraciones
evangélicas mencionadas. Por una parte, el miedo y la perplejidad cuando debemos
enfrentar las adversidades que nos mueven a quedarnos en nuestra “zona de confort”,
evitando escoger el camino de la cruz propuesto por Jesús. Es como si tratásemos
de ahorrarnos los momentos de malestar para experimentar un estado de un falso bienestar
que nos lleva a dar prioridad a nuestro propio proyecto, dejando en segundo plano
el proyecto de Dios. Por otra, podemos adoptar la actitud inicial de los dos discípulos
de Emaús, es decir, de quienes creen saberlo todo e instruyen a los demás, incluso
en el pesimismo y en el desaliento, sin siquiera detenerse un momento para escuchar
a los interlocutores. Con dolor, de cuando en cuando debo enfrentarme con la realidad
de hermanos que sufren las consecuencias de la falta de comunicación en las fraternidades
locales y provinciales. Esto me da una ulterior confirmación de que las personas
“llenas” de sí mismas difícilmente pueden abrir un espacio para escuchar la voz
del otro, y no son capaces de hacer callar tantas voces que hablan simultáneamente,
para dar la prioridad al silencio como un espacio privilegiado para escuchar a
Dios y para leer los signos de los tiempos con audacia y sabiduría. El problema
grande aparece cuando las cosas no suceden como se preveía. Sucede lo mismo que
sucedió a los discípulos de Emaús, a saber, la desilusión, el fracaso, la desolación,
el deseo de abandonar todo para volver atrás y no querer volver a saber nada del
asunto. Asistimos entonces al derrumbamiento del proyecto personal porque creíamos
que éramos nosotros el centro de todo, quitando de en medio a Jesús, verdadero y
propio autor de todo proyecto.
El
evento de la Resurrección no puede ser reducido a la contemplación de un muerto
que vuelve a la vida. La Resurrección sobrepasa la dimensión de lo físico y nos
lleva a una experiencia de auténtica salvación, con los efectos que ella produce,
como sucedió a los discípulos de la primera generación. El evangelista Lucas insiste
en la idea de que sólo se puede reconocer al Resucitado cuando se camina con él,
mientras nos enseña y explica las Escrituras, y especialmente cuando nos sentamos
a la mesa con él para compartir el pan partido: Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, dice el texto, para subrayar
que, a pesar de su necedad, después de haber caminado junto con él, lograron redescubrir
la nueva presencia del Resucitado. Esta es la bella noticia declarada por el Evangelio
mismo: también nosotros seremos capaces de vencer toda tentación de autorreferencialidad
o de escepticismo si nos ejercitamos en escuchar a Dios y a nuestros hermanos, si
somos capaces de entender con la mente y con el corazón la Palabra revelada que
se nos ha encomendado. En san Francisco encontramos el claro ejemplo de alguien
que hace un camino de vida evangélica, junto con sus hermanos y con los pobres,
y que llega con el corazón lleno de gozo al reconocimiento de Aquel que transformó
para siempre su vida.
Concluyo
esta carta con las palabras que nos ha regalado el papa Francisco en la carta de
cuaresma para este año: “En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de
encender el cirio pascual: la luz que proviene del “fuego nuevo” poco a poco disipará
la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica: “Que la luz de Cristo, resucitado
y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu”, para
que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después
de escuchar la palabra del Señor y alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón
volverá a arder de fe, esperanza y caridad” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2018).
A
todos ustedes les deseo una bendita y santa Pascua en el camino de la escucha y
del discernimiento, es decir, de la vida renovada en Cristo.
Roma, 29 de marzo de 2018
Jueves Santo
Fr.
Michael Anthony Perry,
OFM Ministro general y siervo


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